Eustace y el día de las ejecuciones

El día de las ejecuciones amaneció gris y húmedo. Transportaron a todos los
condenados a muerte, cargados de cadenas, de las mazmorras al pabellón exterior de la Fortaleza Roja, donde los obligaron a arrodillarse a la vista del príncipe Aegon y la corte.
Mientras el septón Eustace dirigía las oraciones de los reos y rogaba a la Madre que tuviera piedad de sus almas, empezó a llover. «Llovió con tanta fuerza, y Eustace divagó tanto tiempo, que empezamos a temer que los
prisioneros se ahogarían antes de que pudieran cortarles la cabeza», dice Champiñón. Por fin terminaron los rezos y lord Cregan Stark desenvainó a Hielo, el mandoble valyrio que era el orgullo de su casa, pues la costumbre
del salvaje Norte imponía que el hombre que dictaba la sentencia empuñara también la espada, de modo que la sangre de los condenados quedase únicamente en sus manos.



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