Harrenhal

El lugar donde el rey Jaehaerys acomodó a su hermana al cabo fue, quizá, la sede más sorprendente posible: Harrenhal. Jordan Towers, uno de los últimos señores que continuaron fieles a Maegor el Cruel, había muerto de una congestión pectoral, y había heredado las enormes ruinas de Harren el Negro su último hijo superviviente, del mismo nombre que el difunto rey. Puesto que todos sus hermanos mayores habían fenecido en las guerras del rey Maegor, Maegor Towers era el último de su linaje y, además, se encontraba sumamente empobrecido. En un alcázar construido para albergar a millares, Towers moraba solo a excepción de un cocinero y tres ancianos hombres de armas. «El castillo tiene cinco torres colosales —señaló el rey—, y el joven Towers no ocupa más que una parte de una. Puedes quedarte con las otras cuatro.» A Rhaena le tentó la idea. «Una me bastará, estoy segura. Mi séquito es, si cabe, menor que el suyo.» Cuando Alysanne le recordó que Harrenhal, al decir de las gentes, también albergaba espíritus, Rhaena se encogió de hombros. «No son mis fantasmas. No me van a importunar.»
Y así fue como Rhaena Targaryen, hija de un rey, esposa de dos y hermana de un tercero, consumió los últimos años de su vida en la apropiadamente llamada Torre de la Viuda de Harrenhal, mientras que, al otro lado del patio de armas, un enfermizo joven, del mismo nombre que el rey que había dado muerte al padre de sus hijos, moraba en sus aposentos de la Torre del Miedo.
Curiosamente, según nos relatan, con el tiempo, Rhaena y Maegor Towers llegaron a entablar una suerte de amistad. Tras la muerte de Maegor, en el año 61 d. C., Rhaena se llevó a casa a sus criados y los conservó hasta su muerte.

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