Harrenhal

Hasta el último de los niños del Tridente había oído contar historias sobre Harrenhal, la vasta fortaleza que el rey Harren el Negro había erigido más allá de las aguas del Ojo de Dioses hacía trescientos años, cuando los Siete Reinos eran en verdad siete reinos, y las riberas las gobernaban hombres del hierro procedentes de las islas. En su orgullo, Harren había querido construir la fortaleza más grande y las torres más altas de todo Poniente. Le había llevado cuarenta años; la construcción había crecido como una gigantesca sombra a orillas del lago, mientras los ejércitos de Harren saqueaban toda la zona para conseguir piedra, madera, oro y trabajadores. En sus canteras murieron miles de cautivos, encadenados a sus almádenas o trabajando en las cinco torres colosales. Los hombres se helaban en invierno y se derretían en verano. Para hacer las vigas talaron arcianos que llevaban tres mil años allí. Para ornar su sueño, Harren empobreció las tierras de los ríos y las Islas del Hierro. Y cuando Harrenhal estuvo por fin terminado, el mismo día en que el rey Harren lo convirtió en su residencia, Aegon el Conquistador pisó tierra en Desembarco del Rey.

Catelyn recordaba la historia que la Vieja Tata había contado a sus hijos en Invernalia. «Y el rey Harren descubrió que los muros más gruesos y las torres más altas no sirven de nada contra los dragones —terminaba diciendo—. Porque los dragones vuelan.» Harren y toda su estirpe habían perecido entre las llamas que consumieron su monstruosa fortaleza, y desde entonces todas sus casas vasallas habían sucumbido a la desgracia. Era un lugar fuerte, pero también oscuro y maldito.

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